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Progresismo en el Chile de hoy

Las prioridades de la sociedad chilena van cambiado de forma vertiginosa. Los nuevos tiempos van desarrollando diversas formas de conexión entre las personas, haciendo que la comunicación fluya de una manera pocas veces vista en la Historia. Sin embargo, el paradigma social económico parece estancado desde hace algunas décadas. De una u otra manera, el sistema capitalista ha sabido asimilarse dentro de las variantes que se observan en la globalización, sin por ello dejar su molde clásico. Su principal pilar -el mercado- aún sigue incólume, a pesar de los tormentosos vaivenes cíclicos que en su íntima naturaleza se desenvuelven.

Razones para explicar la detención de los procesos -o si se quiere, de la lentitud de ellos- sobran, siendo casi todos de alguna u otra manera válidos (dependiendo de la óptica en que se enfocan).  No obstante, debemos estar contestes en que una de las principales causas por las que Chile no ha superado sus trancas sociales es la falta de un acuerdo nacional  para superar la profunda desigualdad que atraviesa el país desde hace casi 100 años. La democracia chilena ha madurado, de eso no hay duda, permitiendo que las instituciones cumplan su objetivo de ser intermediarias entre la gente y el Estado, mas no ha evolucionado lo suficiente para asimilar los dejos regresivos que la implantación de un capitalismo globalizado y a veces poco racional, provocó. Durante el Siglo XX fue el impuesto-inflación, verdadera herida que sangraba pobreza de la más extrema, todo por políticas inspiradas en la sustitución de importaciones, que asegurase la expasión industrial al interior de la nación. La responsabilidad fiscal no existía y se creía que había una relación directamente proporcional entre el aumento sostenido de precios y el crecimiento económico. Cuando se estableció que la inflación era un problema monetario y que al largo plazo debilitaba la actividad de un país, los gobiernos acortaron el tamaño del Estado, permitiendo la entrada casi neurótica del mercado en áreas vulnerables de la sociedad. Una vez más, quienes pagaban el costo eran los estratos medios y bajos. En los últimos años se trató de compensar dichas pérdidas por medio de un asistencialismo que no tenía muy claro su norte, pero de ninguna manera vino a cambiar la tendencia del Estado chileno en este sentido.

Teniendo presente que la globalización social y económica es un fenómeno supranacional del cual es imposible sustraerse, una política progresista tiene un caracter reivindicativo de la teleología estatal. Nunca antes fue más necesario un nuevo pensar acerca de los fines que como comunidad queremos lograr. La creación de valores genuinamente sociales que se plasmen hoy como la inteligencia del ordenamiento jurídico es un imperativo, si consideramos que en la actualidad los espacios públicos (punto de encuentro de la sociedad) han sido aplastados por la vorágine tecnocrática que sólo ve eficacia pero no eficiencia, dejando tras sí a tantos excluídos, a tantos decepcionados. El diagnóstico del pensamiento progresista del siglo XXI reconoce que la política no ha traspasado las fronteras de la racionalidad económica trazadas desde hace décadas, pero es consciente de que muchos de los errores del pasado son efecto directo de una funcionalidad social no económica. Es por ello que los principios soberanos que deben inspirar las leyes y la estructura de la nación deben sopesar ambos factores (económico y político-social), re-encontrándose así con el ideario de la polis, tan perdido entre la adoración al éxito financiero y el nihilismo consumista. Propiciar acuerdos y generar consensos en torno al monopolio del bien común es la principal meta de los movimientos transformadores que se precien de tal, y no sólo con sectores afines, sino también con aquellos que por historia han caminado en sentido opuesto. Esto no es imposible. Allende -un demócrata y un socialista, en ese orden- lo consiguió y logró la Nacionalización del Cobre en el año 1971, obteniendo incluso el apoyo de una derecha que ya comenzaba a coquetear con la reacción más feroz. El progresismo reafirma, entonces, que es el hombre quien va desarrollando la historia de un pueblo y sus instrumentos fundamentales son la política y la democracia.

Sin duda que el camino de transformaciones en búsqueda de mayor igualdad encontrará obstáculos. No es fácil derribar prejuicios ni enfrentarse a prácticas que han hecho de la política una serie de acuerdos a espaldas de los ojos de la comunidad. No obstante, si ello es el síntoma de la supeditación de la esfera pública a la laxitud que potencialmente puede otorgar el rendimiento de la economía, la labor a realizar por las redes sectoriales libertarias es  traer de vuelta los sueños y las utopías, únicas fuentes capaces de dar rienda suelta a la capacidad creadora del ser humano.  La posibilidad de transformar las condiciones de una sociedad y expandir su cultura implica utilizar el conocimiento bajo perspectivas no exploradas aun pero presentes en esta época. No existieron antaño grandes hombres y grandes procesos que no envolvieran en su seno grandes teorías inalcanzables, pero en vez de responder con pragmatismo y conformismo, antepusieron su ethos revolucionario, construyendo así los principios que impregnaron la consecución de sus metas.

Chile está en mora con sus ciudadanos y el raciocinio político de los actores de siempre impedirá saldar esa cuenta en el mediano plazo. Las incertidumbres e imperfecciones que cargan sobre sus hombros son contrarrestadas con fórmulas vencidas o ineficaces para la envergadura del desafío. Los que poseen una mirada renovada de la sociedad tampoco están exentos de aquella presunción en contra. No obstante, es ilustrativo ver que en nuestra historia quienes se atrevieron a ir más allá, quienes transgredieron democráticamente los poderes ilusorios de ciertos sectores conservadores, alcanzaron logros notables. En el siglo pasado, las políticas progresistas permitieron una Reforma Agraria que diluyó el régimen decimonónico heredado de la Colonia, triunfaron en la obtención de derechos laborales como la sindicalización y fueron el motor del fortalecimiento democrático y cultural experimentado hasta el Golpe de Estado de1973. Bajo otra lógica, pero con el mismo ímpetu, el progresismo de hoy debe sentirse legatario del espíritu de cientos de voluntades que se unieron en el pasado con un solo fin político, social y económico: otorgar más igualdad para Chile y su futuro.

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  1. Cris
    mayo 1, 2010 en 9:51 am

    “El socialismo (y su vertiente “valórica”, el progresismo) es una metafísica a base de rechazo;
    rechazo de la condición humana…
    rechazo de un Creador y de un legislador supremo…
    rechazo de un órden impuesto, aun impuesto por la naturaleza”

    • simonia
      mayo 1, 2010 en 5:15 pm

      gracias por participar.
      Sobre tu post dos cosas:
      1) hace tiempo que el progresismo se escindió de las corrientes marxistas, si bien es cierto que su origen estuvo ahí (como casi toda la izquierda). Hoy es posible encontrar gente de centro derecha pero con ideas progresistas, es decir, que velen directamente por el bien colectivo.
      2) me identificaron los últimos “rechazos”. En efecto,el progresismo rechaza que el orden de la sociedad venga pre-establecido y que exista un legislador supraterrenal. Creemos que es el hombre quien es amo y señor de sus designios, independiente de sus creencias valóricas y religiosas.
      Saludos. Pablo.

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