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El Demonio de Chile

Es difícil escribir en estos momentos, cuando la adrenalina, la impaciencia y un toque aún de incredulidad se agolpan en mi cabeza. Un terremoto ha dejado el centro de mi país casi devastado. Es cierto, no es comparable con Haití, pero la miseria humana no se puede cuantificar. Ningún gemido o quejido es más lamentable que otro.

¿Qué reflexiones, experiencias o aprendizaje se puede sacar de esto? Todo lo sabíamos acerca de los sismos -según nosotros-; Chile asumió tiempo atrás su condición de tierra fértil para estos movimientos de placas. Un temblor grado 5°, por ejemplo, que en cualquier parte del mundo es sinónimo de alerta, acá no era más que una anécdota diaria, un susto momentáneo que se desvanecía como el rocío en el viento. Nuestra cultura era sísmica y la historia así lo avalaba.

Pero bastó sólo una chispa del destino venida desde las profundidades más oscuras de nuestra accidentada geografía, para recordarnos que todo eso no vale nada. Ante los impertérritos ojos de la naturaleza no somos más que la precariedad misma, la demostración que ante la furia de Hades y los iracundos brazos de Poseidón no hay ejército capaz de salvar nuestras ciudadelas.

Stefan Zweig en su libro “La Lucha con el Demonio” nos advierte que existen ciertos hombres que están condenados inexorablemente a lidiar con una extraña fuerza interna que los lleva en casi en todos los casos, a la autodestrucción. Este país es como esos hombres, posee su demonio particular, nuestro Leviatán. Lo hemos enfrentado innumerables ocasiones y nunca hemos anotado una victoria. Es difícil o casi imposible. Busca sólo aniquilamiento y comienza con los más pobres, los más desvalidos. Luego, con el correr del tiempo y a medida que las noticias pasan como flashes de sufrimiento instantáneo por la córnea, nos damos cuenta que su ataque es total y en todos los frentes: edificios nuevos de constructoras inescrupulosas que ahorran hasta lo último en material colapsan, dejando a cientos de gente de esfuerzo en la ruina, en el mejor de los casos; comerciantes que observan -ya entregados a un devenir de pérdida- cómo todo lo que no les destruyó la tierra, se lo termina de llevar el hombre en los saqueos llenos de pánico y tristeza. El odio de este demonio se respira por todos lados, su azufre se huele por la televisión, por las radios y en las bencineras atestadas de conductores que se aferran al dios de la abundancia como el ladrón de la cruz lo hizo a la fe del Cristo que estaba su lado. Su triunfo formal estriba en poner delante nuestro la cruda realidad de que todo aquello que hemos levantado con orgullo y esfuerzo, él lo puede deshacer con su leve suspiro fatídico.

Pero no contento con ello, el odio del subsuelo también hace caer nuestra moral. Creemos levantarla con un falso chauvinismo, pero aquello no es más que un disfraz con el que cubrimos el cuerpo de nuestra derrota e impotencia por no poder hacer nada. Los “vamos Chile”, “arriba Chile”, etc., canalizan más miseria que ínfulas de ave fénix. El canal de espanto corre por la arteria chilena, dejando temor, miedo y depresión en donde antes surgían los prados más verdes, las acacias más bellas y el meneo de las olas azul petróleo producía la tan ansiada tranquilidad de espíritu.

Indudablemente la conmoción pasará, el caos volverá a su epicentro de orden y en un tiempo más, el terremoto será únicamente un libro de condolencias. Es el plan del demonio chileno, que sabe que sin incertidumbre no hay sufrimiento. Conocedor del alma tortuosa del ser humano, supone que podemos vivir condenados, pero no en el limbo. Está en lo correcto, pues él volverá; sólo nos resta, entonces, mirar al cielo y consolarnos con la idea de que ahí arriba existe alguien que impedirá más dolor y que en la madrugada de ese fatal Sábado no actuó simplemente porque se encontraba igual que nosotros: profundamente dormido.

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  1. marzo 1, 2010 en 2:31 pm

    Cuando ocurre una de estas catástrofes cerramos nuestros ojos y esperamos a que nuestros seres queridos estén con vida
    Cuando ocurre una de estas catástrofes esperamos la quietud, la paz. Que de a poco encontremos el camino anterior, ese que nos llevaba por las aguas apasibles del desarrollo.
    Cuando ocurre una de estas catástrofes pensamos que nunca más volveremos a vivir algo parecido. Pero en nuestra accidentada geografía, en la historia de nuestra tierra, eso no pasará.
    Tarde o temprano volveremos al centro, como indicándonos que el crecimiento no es tan sencillo.

    Saludos.

  2. Damian
    marzo 2, 2010 en 10:14 am

    ESto que se ha podido apreciar en el Sur de Chile, en especial en Concepción, de saqueos y robos de productos suntuarios, con periodistas imbeciles que mas encima los justifican de algun modo, es la consecuencia directa de 20 años de predica socialista de una sociedad plena de derechos pero ciega de deberes hacia el projimo, la predica incesante de ricos vs pobres que eleva el resentimiento social y lo hace legitimo (pensado como formula de apoyo electotal en su momento, pero que ahora se desborda), la insistencia en una igualdad imposible de lograr por naturaleza, la predica inmisericorde contra empresarios que los ha pintado como demonios, todo ello ha repercutido en la lamentable actitud de autojustificacion de parte de gran parte de la gente que saquea los supermercados y nquema las tiendas con la tranquilidad moral que da la inconciencia. La recta moralidad que nos indica no robar y no matar se ha ido debilitando hasta sus bases con esa prédica programada de 20 años que ha convencido a mucha gente de la legitimidad de la satisfaccion inmediata de sus deseos mas primitivos, pasando a llevar, sin remordimiento, cualquier derecho de los demas. Todo se justifica con el slogan de “somos pobres y tenemos derecho a hacerlo” mientras se roban zapatilas, lavadoras, botelas de cervezas o TV plasma en circunstancias en las cuales están ausentes de la realidad (al menos en Concepcion y otras grandes ciudades afectadas) el desabastecimiento y la escasez de dinero.
    A esto se une la pusilanime actuacion del Gobierno, temeroso como ha sido su tonica de imponer el orden , no priorizando, al costo que sea, la tranquilidad y el respeto hacia los inocentes, enredados en sus limitaciones ideologicas que les hacen poner cara de asco ante palabras como “estado de sitio”.
    SE necesita no solo reconstruir la infraestructura y las viviendas en Chile destruidas por un terremoto de un minuto de duracion, sino que, algo mas dificil, reconstruir la reserva moral y ética de este pais, destruida lenta y sistematicamente desde hace 20 años.

  3. Cristian
    marzo 2, 2010 en 5:16 pm

    ESta es la verdadera raiz del “demonio ” de Chile, es decir, la decadencia moral a la que nos ha llevado 20 años de Concertacion en el gobierno, segun el criterioso Fernando Villegas:

    El terremoto del sábado ha sido
    un evento devastador, pero también
    revelador. Ha sacado a la luz debilidades
    acumuladas a lo largo de años
    en el completo edificio de nuestra
    sociedad, frutos venenosos de políticas
    -públicas y privadas– y de procesos
    sociales cuyas semillas se sembraron
    a partir de 1973, se abonaron
    en los años sucesivos y se regaron
    generosamente desde 1990. El resultado
    es una mezcla explosiva de
    aspiraciones adquisitivas con una
    distribución del ingreso que impide
    a muchos satisfacerlas y de dos
    generaciones de chilenos pobres –
    padres entre 25 y 40 años, hijos de
    entre 10 y 20– criados casi sin control
    parental ni escolar. A ese combustible
    se agrega como comburente
    la hegemonía ideológica de las doctrinas
    acerca de los derechos humanos,
    las cuales en muchos casos –
    legales, judiciales, etc– han sido llevadas
    a tales extremos de lenidad y
    obsecuencia, que entorpecen gravemente
    la determinación o voluntad
    del Estado para preservar el orden
    público.
    De esto último han sido muestra
    los saqueos masivos. Para describirlos,
    la autoridad ha usado un lenguaje
    eufemístico hablando de
    “delincuentes” y de “lumpen”. Eso
    de por sí ya sería bastante malo,
    pero los videos y fotografías revelan
    algo aun peor: protagonistas han
    sido también y en número abrumador,
    gente común y corriente, la
    clase de personas con las cuales
    usted puede toparse en su oficina o
    La pistola al cuello
    en el bus. En una sociedad sana, el
    pillaje queda reducido a la acción de
    delincuentes y también de los ciudadanos
    más marginales; una sociedad
    enferma, en cambio, revela lo
    que vimos, a saber, no sólo que
    dichos delincuentes y vándalos son
    legión, sino que también hay cero
    autocontrol por parte de muchos
    ciudadanos y cero eficacia de la
    fuerza policial para controlarlos por
    mera presencia.
    ¿De qué extrañarse respecto a
    esto último? Por 20 años la
    Concertación no hizo sino debilitar
    el concepto mismo de “orden público”,
    expresión que a oídos de su
    gente suena a cavernaria opresión
    “del pueblo”. Todo acto de autoridad
    rigurosa se convirtió, en ese período,
    en tabú. En el colegio se deterioró la
    autoridad de profesores y directores,
    quienes quedaron a merced de un
    alumnado dotado de infinitos derechos;
    en la calle se acusó una y otra
    vez a la fuerza pública de “excesos”,
    tanto en tribunales como en la
    prensa, cada vez que encaró con
    decisión ataques incluso letales contra
    sus miembros; en el discurso de
    muchos se legitimó abierta o tácitamente
    a los “combatientes” con tal
    que dijeran representar una causa
    justa; en la justicia se trató con lenidad
    a asesinos políticos si acaso su
    background era “la lucha contra la
    dictadura”; en fin, siempre hubo
    razones para justificar la conducta
    antisocial haciendo de sus hechores
    víctimas inocentes “del sistema”.
    ¿A qué asombrarse entonces que
    grupos masivos de ciudadanos se
    crean hoy con derecho al pillaje si se
    da la oportunidad? ¿De qué pasmarse
    ante el infantilismo, convertido
    rápidamente en agresión, con que
    algunos piden “soluciones” en cinco
    minutos puesto que fueron criados
    bajo la doctrina del Estado paternalista,
    único salvador y defensor de
    los pobres, como todavía se dijo en
    la reciente campaña presidencial?
    Por eso la imagen del carabinero
    poniendo una pistola en el cuello de
    uno de los miserables entregados al
    pillaje es una notable excepción,
    pero también una muestra de hasta
    dónde es preciso llegar cuando
    métodos menos elocuentes ya no
    hacen mella. Y es una valiente
    excepción, porque hace ya mucho
    tiempo que el carabinero teme
    siquiera levantar la voz, no sea que
    le abran un sumario, se le eche del
    servicio y se le lleve a juicio. De eso
    es muy consciente la inmensa cantidad
    de ciudadanos resentidos, frustrados
    y llenos de instintos destructivos
    y depredadores que ha criado
    el sistema por las razones expuestas
    más arriba. Se sienten con esa sensación
    de derecho a cometer delitos
    que otorga la impunidad. ¿“Por qué
    yo no”, dijo una mujer que se llevaba
    objetos robados de una tienda, “si
    lo hacen todos? Y pudo haber agregado:
    “y nada nos va a pasar porque
    somos el pueblo”. De ahí que sea la
    sociedad, no ese punga, quien está
    hoy con la pistola al cuello. Y que,
    en la hora mona, deba sacarse al
    Ejército a la calle.

  4. simonia
    marzo 2, 2010 en 8:58 pm

    De acuerdo con una cosa que es común tanto en el post de Villegas como de Damián: la lentitud y la falta de mano dura por parte del Ejecutivo para enfrentar la situación.
    Ahora las causas de los saqueos y robos croe que estámn en la desigualdad chilena, que dejó a muchos en el status de “aspiracional”. La desesperación unida a la mala fe y al deseo de tener más porque “si tengo un plasma soy más persona” provocó ese desborde.
    PERO NO NOS DESVIÉMOS!!! LO IMPORTANTE ES LA ACCIÓN INDIVIDUAL DE AYUDAR A LOS DAMNIFICADOS Y A LOS QUE SUFREN!! DESPUÉS NOS DEDICAREMS A APUNTAR CON EL DEDO

  5. Marcelo Araya
    marzo 3, 2010 en 8:40 am

    Simonia, te equivocas rotundamente si no eres capaz de ver la raiz del problema en la excelente columna de Fernando Villegas. Si no se hace un buen diagnostico de situacion desde la partida, ningun problema podrá ser enfrentado adecuadamente.

  6. simonia
    marzo 3, 2010 en 11:06 am

    Villegas lo dice muy bien: tanto la desigualdad como la lerda política concertacionista que confunde “respeto del orden público” con “opresión al pueblo” fueron el cóctel explosivo de todo este lamentable desborde. Pero ojo! esto no hay que verlo con un prisma ideológico: acá es la sociedad entera la culpable de su propia enfermedad. Eres tú y soy yo; fue el gobierno y la oposición. Ojo!!!

  7. Cristián
    marzo 4, 2010 en 8:54 am

    Este componente “valórico” que ha sido adalid de la Concertacion en estos años es exclusiva responsabilidad de ésta, la derecha no comparte esta ideología desvalorica. Por lo tanto, no puede echarsele la culpa indistintamente a “todos” . Yo no soy culpable, solo que no hemos tenido la oportunidad (ni la Derecha la ha tenido hasta ahora) de ser gobierno para combatirla, conociendo las graves consecuencias que esta predica antivalorica contiene y que ha explotado ahora, con esta catastrofe.
    Otro gran culpable de difundir esta “ideologia” es el periodismo, formado en escuelas asquerosamente izquierdistas.

  8. simonia
    marzo 10, 2010 en 9:10 pm

    y la derecha no es responsable de la desigualdad? de esta institucionalidad que la Concertación no ha querido cambiar?? adónde está la responsabilidad legislativa y propositiva? El terremoto desnudó las falencias nacionales, ver sólo la tragedia para criticar a la concertación me parece ser míope.

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