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La identidad de la candidatura de Marco Enríquez-Ominami.

Dentro de las númerosas críticas que ha debido sortear el candidato independiente Marco Enríquez-Ominami, existe una que sin duda es la que merece mayor reparo y reflexión: su supuesta ambigüedad programática. Quienes así lo sostienen -principalmente las cúpulas concertacionistas, junto con la derecha- ponen en duda su capacidad para “dar gobernabilidad” al contar con equipos que difieren en sus distintas propuestas y posiciones. A pocos días de las elecciones y con un Eduardo Frei a la baja, estas diatribas oficialistas aumentan, llegando a señalar que “Marco es de derecha”, siendo el único candidato verdaderamente “progresista” el senador DC, el mismo que -paradójicamente- en su gobierno privatizó las sanitarias, Colbún y el Puerto de Ventanas, entre otros.

Lo cierto es que nada más lejano de la realidad y dejémoslo claro: Marco es un candidato de izquierda, pero no de aquella etnocentrista y excluyente, que deviene en conflictos intestinos que impiden la construcción de una orgánica social y política amplia; sino que lo es de una izquierda que convoca a distintos sectores a realizar un pacto por el país y por su gente.  En ese sentido, la definición no importa tanto como la ontología de quienes apoyan su candidatura, pues al converger en puntos mínimos y básicos que permitan erigir los pilares de lo que será un gran acuerdo nacional, Marco da más gobernabilidad que cualquiera de los otros. Por otra parte, olvidan estos críticos que la gobernabilidad depende de diversos factores -principalmente de la nación misma, su gente- y que el Poder Ejecutivo es tan sólo uno de ellos.

En efecto y apoyando lo anterior, podemos decir sin temor a equivocarnos que la candidatura de ME-O es la primera que en mucho tiempo ha afirmado, con verdadera convicción, de que no hay razones para excluir a nadie por su domicilio partidista si está de acuerdo con una reforma tributaria que eleve el impuesto a la renta y baje la imposición a las personas; que no hay razones para apartar a quien profesa un estilo de vida distinto al propio, pero siente la mismas ganas de generar libertades para las minorías sexuales; que no hay razones para excluir a quien en la historia no ha caminado junto a uno, pero cree que el Estado debe garantizar una educación de calidad, entre otros aspectos. En definitiva, su candidatura es la que mejor ha entendido que en la sociedad hay muchas necesidades que requieren para su satisfacción, de una mirada más allá de los horizontes tradicionales.

Todo aquello debe sin duda asustar a quienes han usufructuado de una acción política sesgada. Quienes ven en las divisiones motivos de exclusión y no de oportunidades de provocar una dialéctica que contribuya a aumentar el acervo social frente a las profundas contradicciones que enfrenta éste con el sistema, no deben ver con buenos ojos a un diputado que ha logrado lo que muchos se propusieron en el pasado, pero que nunca consiguieron: superar definitivamente la transición concertacionista.

Y es que no puede ser de otra manera: donde antes habían negociados, Marco propone decisiones consensuadas con la ciudadanía; donde antes la Concertación y la derecha guardaban silencios cómplices, Marco enfatiza la publicidad de los problemas y sus soluciones. Es el nuevo enfoque, que difiere completamente del estilo agotado y hermético que quieren mantener los dos candidatos del duopolio político.

Quizás para más de alguno esto puede ser mera palabrería de campaña, pero no es así. Marco Enríquez-Ominami ha propuesto una serie de proyectos que pretenden devolver al pueblo su genuino poder sobre la esfera de lo público: ley de primarias en los partidos políticos, intendentes electos, iniciativa popular de ley, eliminación del sistema binominal, ley de cuotas para la mujer y los pueblos originarios, etc., todos los cuales, van dando fisonomía a uno de los ejes fundamentales de su futuro gobierno: una gran reforma política.

En definitiva, la única candidatura que entiende y se hace cargo de los cambios sociales, políticos e históricos que han devenido en la nación es la de ME-O. Al contrario de las otras postulaciones que buscan su legitimidad después de su origen, Marco es el resultado de muchas voces que creen en el diálogo social como forma de practicar democracia. Quizás eso es lo que no entienden sus detractores, hijos del clientelismo y de la elitización. No son capaces de comprender que, con la concatenación social que produce la candidatura de Marco Enríquez-Ominami, se puede hacer realidad la famosa frase de Voltaire que reza: “detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

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