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¿Es posible una nueva sociedad?

 

Esta columna no pretende ser una especie de decálogo del futuro. Tampoco el columnista pretende dictar cátedra y señalar proféticamente qué es lo bueno y qué es lo malo para el país. Nada de eso. Ud puede estar tranquilo: el columnista no ha alimentado tanto su ego para pensarse a sí mismo como culto o “importante”. No, él aún no es un bloguista más que se cree el cuento de la intelectualidad 2.0.  Esta breve ponencia sólo es una referencia para dar a conocer una visión que pueda contribuir en algo a la discusión de cómo pensamos nuestra sociedad. Desde ya le recuerdo que está permitido disentir.

Ad portas del Bicenterario, con una elección presidencial y parlamentaria ya por llegar, es natural que “el pueblo” (como acostumbraban a decir los grandes próceres de antaño) se cuestione cuál es su objetivo como una colectividad que tiene vínculos con la construcción política a la que llama nación. En Chile, sin embargo, eso no ocurre a gran escala. Causas pueden ser muchas: el desmantelamiento de la orbe pública para privilegiar la individualidad, alimentada por un mercado que entra sin pedir permiso; desprestigio de la política en sí; preocupaciones más íntimas y básicas del ser humano no solucionadas por el sistema, o lisa y llanamente una falta de educación que contagia el aspecto cívico del pensar público como ejercicio natural de la intelectualidad. Sea cual sea, “aun hay patria” y es al menos interesante plantear y debatir sobre las líneas que dibujan la fisonomía fundamental de Chile. Como el campo es vasto, nos detendremos someramente en aspectos generales.

En primer lugar es innegable que ha existido una mutación de costumbres y necesidades del chileno promedio. La apertura económica, en conjunto con el acceso a la educación, ha permitido que la ciudadanía sea demandante de otros espacios. Un dato grafica muy bien esto: el 70% de los actuales estudiantes de educación superior son la primera generación dentro de su familia que acceden a ella. Esto es decidor, pues los cambios de paradigma dentro de una sociedad democrática que no presenta vaivenes considerables, son principalmente efecto de la causa educacional originaria. Aún así, es obvio considerar a los medios como los otros grandes creadores de necesidades y formas de imponer nuevos estereotipos que se alzan como estándares de vida.

El problema que resulta de todo aquello es que muchas veces estos entes que interactúan directamente con el individuo, son insuficientes al momento de crear una conciencia de lo colectivo mínima -aquella que nos dice elementalmente que “vivimos juntos”- por lo cual es necesario que el Estado supla esa carencia por medio de mecanismos que sepan compatibilizar los intereses privados con los públicos, asumiendo que esos intereses privados son legítimos y por ende, es primordial para la sociedad protegerlos.

Pero ¿cómo se logra eso? En el mundo hay modelos de intervención estatal que pugnan con la libertad. La democracia es un ideario que conjuga la autodeterminación de un pueblo por medio de la República, con las potestades de cada ciudadano. Al configurarse así, es natural que siempre se deba sacrificar un bien por otro. O queremos ampliar el dominio de lo público, o lo delegamos a un papel secundario.  En esta época, existen dudas acerca de la legitimidad del Estado para erigirse como el intermediador entre el caminante y su entorno inmediato. Hay abusos, tanto por los defensores de un mayor liberalismo,como por parte de aquellos que piensan que la burocracia funcionaria es la solución de todo. Por lo tanto, es imprescindible cambiar el paradigma  del Estado y transformarlo en una entidad orgánica, que se anticipe o responda de manera más efectiva a los cambios sociales.

Para lograr esa respuesta, es necesario un cambio político en la estructura de la Constitución. Se debe cambiar el rol subsidiario establecido en el Art 1°- que dicho sea de paso, ha fracasado rotundamente en el amparo a los grupos intermedios de grupos socio/económicos de clase media- por uno que estimule el desarrollo organizacional de la masa que no puede cobijarse ni en gremios (únicos entes que han logrado llegar a sus fines específicos), ni en otras asociaciones. También urge un cambio en el sistema electoral binominal, creador de distorsiones democráticas profundas, al ser electos no genuinos representantes del electorado, sino quienes son puestos a dedo por el cuoteo político partidista que actúa como cartel. La Carta Magna debe adaptarse a las nuevas necesidades del colectivo.

Dentro de este orden de cosas, pero saliendo ya de lo estrictamente Constitucional, urge en Chile un cambio en las estructuras materiales económicas que comandarán su historia en los próximos 20 años. Es imperioso contar con un nuevo sistema tributario que suba la carga de los tributos a quienes ganan más y tratar de ir eliminando progresivamente los impuestos regresivos de consumo, devengados principalmente a la clase media. Se han hecho esfuerzos en este sentido: desde 1990 se ha aumentado el impuesto a las utilidades de las empresas (1era categoría) que ha subido de un 10% a un 17% en la actualidad. No obstante, la carga tributaria ha disminuido. En este sentido, al menos en el corto plazo, para ir en contra de la inequidad del sistema tributario, hay que comenzar a modificarlo. Un buen comienzo sería bajar la tasa marginal de los impuestos a las personas que hoy es de un 40%.

En cuanto al gran tema de la minería, es lastimoso ver cómo en Chile las grandes mineras no pagan impuestos, amparándose a una depreciación acelerada, y amarrando al Estado por medio de despojos de soberanía llamados “Contratos-Ley”. Cuanto más, llegan a pagar un Royalty de 4%, siendo que en otros países, por tratarse de recursos no renovables, este asciende a 30% o 40%.  Debería aumentar al menos de un 5% a un 10%, pero deduciendo los tramos por toneladas, para que las empresas deduzcan impuestos del mismo royalty y no signifique una carga extra a las pequeñas mineras. Eso para comenzar.

Al finalizar, creo conveniente recalcar que quedaron algunos importantes temas en el tintero (reformas valóricas, mejorar la legislación civil, cambios procesales, fomentar la educación técnica, etc.),pues se justifica al no ser la intención  apuntar con el dedo a todo lo malo, -tarea por lo demás imposible y muy subjetiva- sino mostrar un punto de vista realista y a la vez rupturista con lo que ha sido la tónica de estos años.  Sé que todos estos cambios no pondrán fin a los problemas que aquejan a Chile. Nuevos desafíos se sucederán con el correr del tiempo, pero creo que al menos si alguien tomase en cuenta el anacronismo de los marcos jurídicos, económicos y sociales, y pretendiese cambiarlos, daría un gran paso hacia un futuro más promisorio y más justo.

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