Inicio > Historia, Pensamiento > La determinación del anciano

La determinación del anciano

barDon Flavio era un anciano que conocí en un bar asiduo de viejos el cual frecuentaba ocasionalmente. Tenía buen porte y notaba a legüas que en sus tiempos de juventud fue propietario de un gran garbo. Sus ojos negros eran penetrantes, su frente amplia, las manos huesudas con los dedos largos y uñas cortas e impecables. Sus facciones eran en general duras, aspecto que se veía neutralizado por las arrugas en su rostro; caminaba erguido, a pesar de su edad, la que yo calculaba en 70 años.  Vestía con sobriedad. Siempre tomaba pipeño -yo al contrario era y soy fiel a la cerveza-, y a veces pedía que se lo sirvieran con cáscaras de naranja. No puedo decir que lo conocí, y todo lo que supe de él fue por mis aleatorias observaciones y conversaciones furtivas que tuve con garzones que  intercambiaban algunas palabras con don Flavio, mas ellos tampoco sabían mucho de su historia. Como lo único que teniamos en común era el bar del cual ambos éramos parroquianos, de vista nos reconocíamos, y cuando nuestras miradas se encontraban asentíamos con la cabeza. Rara vez lo vi sonreir pero nunca lo noté de mal humor; jamás se emborrachó (creo) a pesar de tomar sagradamente un jarrón de la dulce bebida etílica. Nunca reparé más allá en él, hasta el último día que lo ví.

Era un viernes abochornado: sin sol pero caluroso. Entré al bar con la intención de hacer hora: me tenía que juntar con alguien, pero aún era muy temprano. Busqué una mesa cercana a la barra y pedí un litro de cerveza. De espaldas, me fijé que estaba don Flavio haciendo el puzzle del diario, con su acostumbrado jarrón. Nada importante. Pasaron 15 minutos,  bebí mi cerveza y me levanté al baño. Cuando volvía, observé que él se había parado de su asiento y se acomodaba una silla en mi mesa. Quedé extrañado y pensé “está borracho y le quiere dar jugo a alguien”. Me senté y le dirigí una sonrisa. Con la cara de superioridad no arrogante que da la experiencia, asintió amablemente y me mencionó que tenía prisa, que tenía algo muy importante que hacer, pero no quería irse sin antes hablar con alguien. Le dije que podía contar conmigo para lo que quisiera, pero no me dejó terminar. Sin reparar en mi persona llenó su vaso con pipeño y lo bebió al seco. Repitió la operación dos veces más. Luego, su voz grave comenzó:

“Como no nos conocemos, creo que serás un buen oyente de lo que quiero decir”. Se acomodó en la silla, dejó el vaso de lado y me miró serenamente: “en estos últimos días he tomado una resolución: he decidido abandonar la vida; pero esto no quiere decir un suicidio o la muerte (ya que eso sería “terminar con el ciclo vital), si´no más bien con el hecho de dejar de lado cualquier sueño que mi interior pueda albergar. Esto me está resultando cómodo, claro que al principio no, pero ya se está “automatizando” (no recuerdo si esa fue la palabra exacta que usó, pero al caso da igual). La determinación que ahora te comunico, joven, no supone amargura, ni tristeza, ni nada de eso tan cliché. Es simplemente que comprendí a la vida que me tocó. Soledad, hastio, deseos, etc., ya no hacen mella en mí, pues ya no espero nada ni del futuro, ni de las personas. Vieras lo ligero que me siento y lo alegre que me pongo cuando me comparo con otros que tienen su vida hecha y siguen esperando cosas de ella.

Obviamente todo es un proceso y nada ocurre de la noche al amanecer, pero creo que éste es el definitivo. No por mi edad, no, es por entender la naturaleza de la vida. Esto me puede haber ocurrido a los 15 años o a los 60. A Dios doy gracias de que al menos me ocurrió y puedo respirar el aire limpio de la verdad. Ahora incluso la muerte misma carece de sentido. Soy uno con la naturaleza.”

Dicho esto, acabó de un sorbo con el vino que quedaba en su vaso, se paró y dejó unos billetes en la mesa “para que pagues la cuenta y sigas brindando ya sin mí. Espero que te emborraches”. Con un débil gesto de manos se despidió de los mozos y salió pausadamente del local.  Me causaron curiosidad sus palabras y tenía varias preguntas. Esperé en vano que volviera al bar pero nunca más apareció por ahí. De eso ya dos años. Perdí la esperanza de volver a verlo, lo cual ahora me tiene sin cuidado. El ambiente en el bar con o sin él es el mismo y en realidad nadie lo extraña, ni siquiera yo.

Anuncios
  1. junio 25, 2009 en 8:12 am

    Es razonable que el ser humano en general, entienda que es importante, despojarse de todo lo que no es necesario para seguir viviendo, ese anciano no ha muerto, ni en la vida real, ni en tus escritos, ni en tus pensamientos. Anda rondando por ahí y puedes verle en cada rincón del mundo….
    Esta historía es muy acertada, te felicito y saludo.-

  2. simonia
    junio 26, 2009 en 12:03 am

    gracias, la verdad es que al preincipio tenía cierto temor o pudor para escribirla, pues es bastante personal. Mas, ocupando el anonimato de internerd me decidí a hacerlo.
    Saludos

  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: