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Heráclito, una mirada

HeraclitoEn el alba de la conciencia crítica de un ser humano -que se da por regla general en la adolescencia- hay muchos factores y corrientes de pensamiento que influyen en la posterior posición que adoptará dicha persona para enfrentar (o tan sólo contemplar) la vida. En el terreno de la filosofía, es común que muchos se sientan seducidos por aquellos autores que a través de sus palabras procuran ser radicales, impetuosos y valientes. Qué mejor ejemplo de esto que el caso de Nietzsche: con frases filosas, una poesía hermosa, aunque algo ambigüa y con una declaración de guerra contra los ideales cristianos en los cuales se sustenta la sociedad occidental, aquellos jóvenes carentes de sustancia espiritual, encuentran el peso intelectual necesario para justificar su precoz rabia contra el mundo.

Cierto es que el alemán amigo (y posterior enemigo) de Wagner se encuentra dentro de los personajes ácidos en la historia del pensamiento. Pero como él, han existido otros tantos que en vez de remar a favor del oleaje humano, lo hacen en contra (lo cual no es para nada malo). Entre ellos, existió hace bastante tiempo atrás -hablamos del 540 A. C.- un filósofo que convirtió a la misantropía en la forma más elevada en la que puede vivir un hombre : Heráclito, llamado por algunos el Oscuro.

No es mi intención acá hacer una clase de filosofía sobre Heráclito, por dos razones:  primero, no creo ser experto en la materia, y segundo, pienso que aquella no se puede enseñar, sino que se aprende a través de un proceso complejo que incluye meditación, experiencia, discusión interna, etc. Por ello es que esta entrada tiene como fin el recomendar a aquellos que divagan por aquí que profundizen acerca de este genial barbón griego. En esta humilde e insensata columna nos limitaremos a resaltar el desprecio que sentía a todo lo colectivo y también el pesimismo que contenían sus ideas.  Si, digo “resaltar” ya que considero que el lado oscuro de la luna tiene tantas o más cosas interesantes que la luz romántica y manoseada del lado visible.

Tiendo a pensar que hoy en día no existen Heráclitos, pues los que lo fueron ya están bien enterrados con su bala en la sién; y acerca de los que se dicen serlo sin estar muertos, creo que es difícil distinguirlos de la gran masa de “pesimistas” o “realistas”, ya que el ser pesimista en la actualidad, se confunde con el crítico y el crítico con el “inteligente”. De cualquier manera, Heráclito es un filósofo en el que puede encontrar refugio el “pesimista”, el “crítico” y el “inteligente”. Cabría agregar a esa lista al “melancólico”, de  preferencia emo depresivo.

Más, el pensamiento del filósofo es bastante profundo y certero de lo que se pueda creer. Heráclito despreciaba lo ultraterrenal. No creía en dioses y sostenía que el mundo y el universo eran producto de desechos lanzados al azar. Siguiendo la línea de los filósofos presocráticos de encontrar un elemento origen de las cosas, adscribió a la tesis de que el fuego es aquel elemento generador de vida. No obstante, si se mira su filosofía en toda su amplitud, se puede inferir que la elección del fuego con ese propósito no era más que simbólica, pues su postulado central era que el mundo  provenía de una lucha constante de fuerzas opuestas que jamás se anularán y que el resultado de aquella batalla era el hecho que las cosas cambiaran constantemente. De ahí su famosa frase “uno nunca se baña en el mismo río dos veces”. Todo como respuesta a la elección de sus contemporáneos, que preferían elementos estáticos (Tales de Mileto) o indefinidos (Anaxímenes) para explicar el escenario en donde se desarrolla la materialidad de lo consciente. Es menester decir en todo caso, que hay una contradicción no resuelta en la filosofía de este ermitaño: todo lo complicó la palabra Logos que él utilizó para definir a la “razón” que esconde la lucha eterna entre los polos opuestos. Si dijimos anteriormente que para él todo el mundo no eran más que desechos arrojados al azar, no se entiende la idea de una racionalidad en ese azar. Pues bien, hay algunos que creen que Heráclito no utilizó la palabra Logos en ese sentido, sino que más bien la usó para reafirmar que la única posibilidad que explica la realidad de esa lucha o de ese devenir es el logos, y nada tiene que ver, por consiguiente, la razón. Es un punto interesante y el único que podría dilucidar el problema sería el propio Heráclito, aunque con lo poco que sabemos de su persona, es probable que nada nos diría.

Hemos adelantado el carácter despreciativo de Heráclito. Sus relaciones con los demás hombres no eran de las mejores. En realidad no tenía relaciones: fue expulsado de su ciudad natal, no sin antes recomendarles a todos sus habitantes que se “ahorcaran uno por uno”; despreciaba al vulgo (frase luego acuñada por muchos otros, verbigracia Nietzsche); encontraba que casi no existían hombres valiosos, pues “la mayoría de los hombres están más cerca de los animales al querer tan sólo saciarse en sus instintos”; no rescataba a ningún otro filósofo de la época, etc. Con tal descripción cae de cajón que vivía solo, en las montañas, meditando y y convirtiendo en anatema cualquier acercamiento con la humanidad. Todo un caso. Para completar el cuadro de este optimista pensador, lo único que nos falta es una muerte trágica, porque nadie se imagina que un un espíritu que albergaba tales convicciones murió de viejo, siendo cuidado por su señora esposa y rodeado de tiernos hijos que jugaban por las montañas aledañas de Efeso. Y no se equivocan.

Luciano De Crescenzo en su “Historia de la Filosofía Griega” y citando a Diógenes Laercio nos cuenta una de sus posibles muertes: para curar una enfermedad, se enterró en estiércol animal, con la esperanza de mejorar. Sin embargo, el resultado de aquel embadurnamiento fue una masa irreconocible y fue devorado por una jauría de perros. ¡Simplemente genial!

Heráclito es el padre intelectual quizás de todos aquellos -filósofos y no filósofos- que son pesimistas. Y dentro de esa materia es posible que nadie nunca lo supere. Si no lo creen, prueba es este pensamiento lúgubre, en que toda posibilidad de carisma y optimismo humano queda desterrado para siempre: “los hombres desean vivir, pero desean aun más morir, y procrean hijos para que nazcan otros destinos de muerte”.

c-ya

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  1. amelia12
    mayo 19, 2009 en 11:01 am

    Grecia ha sido la cuna de renombrados filósofos de todos los tiempos. Aún hoy sus enseñanzas cobran actualidad en todo el mundo frente a una realidad totalmente diferente.

    ¡Muy interesante el artículo!

    Amelia
    http://blog-de-traduccion.trustedtranslations.com/

  2. simonia
    mayo 19, 2009 en 11:19 am

    De hecho, hay quienes dicen que el invento “filosofía” fue creado en Grecia, y en los siglos posteriores sólo ha ido variando el engranaje
    muchas gracias por el comentario, Amelia!

  3. gilberto
    abril 12, 2011 en 4:23 pm

    “…La dicotómica ontología heredada del presocrático debate entre Heráclito y Parménides rige aún nuestros criterios epistemológicos a la hora de entender al hombre y su mundo. A un lado, el río que “fluye” sin que podamos bañarnos en él dos veces, se hace presente en la posmodernidad líquida de Zygmunt Bauman. Al otro lado, la sólida roca del ser que simplemente “es”, permanece entre nosotros en el positivismo y el monolítico realismo filosófico…

    “…En medio de ambos se encuentra la experiencia histórica (holística e individual) de la simultaneidad del cambio y la permanencia, es decir la plasticidad. Algo fluye y algo queda. Permanencia y cambio se hacen presentes a través del co-condicionamiento entre símbolos y materialidad y a causa de la “dependencia en el rumbo” generada por los sistemas con memoria. Las cartas del juego de la historia social están marcadas pero por el propio hombre. En el juego de la historia social, la racionalidad individual se crea y recrea sobre la base de los juicios arbitrarios que el hombre pronuncia sobre sí, los otros, la trascendencia, el tiempo y el espacio…”

    Juan Recce, Poder Plástico. El hombre simbólico materialista y la política internacional, IPN Editores, Buenos Aires, 2010, p. 23 ss.

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