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Los silencios culpables de la Iglesia.


¿Qué es lo más impactante de los casos de pedofilia que tienen a miembros de la Iglesia Católica como principales victimarios? ¿Es acaso, la tragedia misma? El lastre de víctimas cuyas vidas fueron destruidas por quienes -se suponía- les deberían dar sosiego espiritual de las frustraciones de la vida terrenal es ciertamente una cruel paradoja del destino,  pero ¿no será quizás el potencial peligro en el cual se encuentran inmersos todos quienes aún confían en una de las instituciones más longevas de Occidente? Es posible que ambas preguntas provoquen cierta conmoción en la sociedad, más ninguna de las dos refleja exactamente la mayor amenaza que se presenta ante los feligreses católicos: consta en todos los testimonios y casos de abusos sexuales que dentro de la comunidad global promovida desde el Vaticano existe una asociación para ocultar los crímenes; en otras palabras se ha institucionalizado la perversa política de la omisión.

Es natural que la pederastía como tal provoque repudio, no obstante cuando existen actos reiterativos de ocultar la abominable situación, de impedir el justo trance que va desde el hecho criminal hasta los tribunales, el repudio muta a indignación. La Iglesia posee cierto imperio sobre sus miembros, la administración de la curia se basa en estrictas reglas establecidas en el Derecho Canónico (una de las grandes fuentes del Derecho moderno), pero para desgracia de sus fieles, ante el Poder Estatal todos somos iguales. Sin embargo, en la Iglesia no han asumido su responsabilidad civil y aún más, creen estar sobre ella. Antes que todos los casos de EEUU, Inglaterra, Irlanda, Alemania y Chile explotaran, los criminales de sotana caminaban en la más absoluta impunidad, con la venia impúdica de las autoridades eclesiásticas.

Pero el silencio de la curia esconde más que verguenza: oculta crímenes y el consiguiente sufrimiento de cientos de personas abusadas por los jerarcas de la moral. Es cierto que los credos deben proteger a sus integrantes y eso incluye la protección de la ética interna, sin embargo los delitos que el manto cómplice de la religión romana cubrió sobrepasan el plano funcional y quedan dentro de la competencia penal. Por ello, más que el delito mismo -cuyo agente no discrimina creencia alguna- lo que es preocupante es el constante actuar de la Iglesia, que va generando una mordaz política de silencios, que con el tiempo irá normalizando la omisión de los abusos.  De esto hay pruebas concretas: el Arzobizpado de Munich tuvo conocimiento a tiempo de los casos ocurridos en dicha ciudad, y en vez de denunciar a los culpables, se promovió una política de “reubicación”, siguiendo el mismo patrón que en Estados Unidos y en Irlanda. Cito el ejemplo de Alemania porque es el más representativo, pues en ese entonces el Cardenal de la Congregación por la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger ciertamente tuvo noticia de los hechos.

En este punto de la discusión es imposible obviar la idoneidad del celibato en los curas. Básicamente se dice que si la Iglesia obliga a suprimir una reacción tan natural del hombre, como es el deseo, se justificarían en cierta medida los silencios, ya que los abusos serían los “costos” que toda medida de esa naturaleza conlleva. Pero este argumento- propio de los más exhaltados- tiende a confundir la abstinencia sexual con la depravación, siendo conductas absolutamente distintas. El celibato es una opción de vida que elige la pasividad frente al sexo y no hay nada que indique que quien es célibe tiene propensión a ser abusador de niños. Acá la controversia es el proceso de ocultación de antecedentes que es promovido al interior de la Iglesia y este frente de batalla no se debe olvidar. El mal es la exclusión de la investigación y del justo castigo si resultan responsables. A nadie se obliga a lo imposible, sino a lo normal.

Pero no sólo la Iglesia es partícipe en los encubrimientos. Parte importante de la sociedad civil, fervientes católicos, (casi todos de confesiones conservadoras), avalan el anonimato de los abusos sexuales. Acostumbrados a la disociación entre la palabra de sus evangelios con la acción real que se debe observar en vida, no escatiman recurso alguno en desacreditar a las víctimas y en obstruir la misma investigación que ahora, tardíamente, llevan la Iglesia y los tribunales. Las falacias ad hominem en contra de las voces críticas e incluso en algunos casos las amenazas abiertas se dejan caer mostrando más frustración que coraje por la verdad. De personas que cultivan la fe, el espíritu y el amor al prójimo, se esperaría otro tipo de conductas. Pero confunden la convicción en la fe en Dios por el fanatismo eclesiástico y demonizan a quien fue violentado por los moradores de la casa del Señor.

Es indispensable entonces, que la sociedad civil se informe y presione a la prensa, a la justicia y a la misma Iglesia para que todo y cada uno de los casos encuentre su justo castigo. La confesión, los pecados y las sanciones metafísicas son válidas en el sistema moral catolico, pero se muestra confuso y para nada satisfactorio si lo que se valora por sobre toda las cosas es la igualdad ante la ley y la protección de los derechos más esenciales de las personas. Es imprescindible entonces que, junto con reafirmar la existencia del Derecho en todos los casos de pedofilia y abusos, también se restablezca el imperio de las leyes al interior de la Iglesia y se erradique la concatenación casi delictual que encubre y protege el accionar de sacerdotes desviados. Solo así la Iglesia Católica logrará detener su actual decadencia moral y social.

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  1. Juan Soler
    abril 28, 2010 en 12:05 pm

    es hora de que etsa iglecia corrupta pague por todos sus crimenes contra la humanidad, desde la inquisicion hasta la pedofilia…
    me gusto la escritura!! felicitaciones

  2. Victor
    abril 30, 2010 en 12:35 pm

    La “mala fe” de la Iglesia Católica ,
    Apr. 27 , 2010 , La Tercera de la Hora

    A pesar de su orientación religiosa, espiritual y social, la Iglesia Católica es, ante todo, una organización política que entiende los códigos del poder y las comunicaciones como instrumentos para mantenerse en pie. De lo contrario, no habría podido continuar incólume durante 2 mil años luego de los sucesivos errores y abusos que ha cometido en todo este tiempo.

    Su reacción frente a las múltiples denuncias sobre actos de pederastia protagonizados por sacerdotes católicos y que se han venido conociendo en los últimos lustros en distintos países, es una muestra de las dos herramientas que utiliza esta institución para escapar del escrutinio público y mantener cautivo a sus fieles: el silencio y la impunidad.

    Confundir actos delictivos con simples faltas o pecados no es una maniobra deliberada de omisión -al menos no para esta institución-, sino que una flagrante burla a la justicia civil, al anteponer sus normas canónicas por sobre las que nos rigen al resto de los mortales.

    El llamado realizado por las máximas autoridades de la Iglesia Católica local a efectuar este tipo de denuncias ante la entidad eclesiástica y no ante los tribunales ordinarios, es una actitud temeraria que demuestra una carencia de voluntad para esclarecer hechos de esta naturaleza en sus propias filas.

    Está demostrado fehacientemente que las acusaciones que se canalizan a través de la propia iglesia terminan en archivadores sin ningún resultado concreto, lo que es previsible cuando a quien se inculpa es juez y parte en la causa; pretender lo contrario es pecar de inocente.

    El caso de Marcial Maciel es una clase magistral de cómo actúa la Iglesia Católica ante situaciones como éstas y su incapacidad para tomar medidas a tiempo, bajo la lógica de minimizar el daño a la imagen corporativa de la organización, pero colocando en riesgo a otras potenciales víctimas de abusadores que se esconden tras una sotana para cometer aberraciones.

    Los casos que han salido a la luz pública se deben exclusivamente a la valentía de algunas víctimas para denunciar y al trabajo de investigación desarrollado por los medios de comunicación, y no a la iniciativa propia de la Iglesia Católica para depurar a su estructura de estos malos elementos.

    Los cuestionamientos a la entidad eclesiástica no se refieren a los eventuales casos de pedofilia, ya que muchos de ellos no se han confirmado, sino que a la conducta previa de la organización, de minimizar las denuncias y no colocar a disposición de la justicia regular los antecedentes de las acusaciones que reciben. El juicio es hacia la “mala fe” de la iglesia por su actitud de desprecio sobre la “fe pública” que depositan en ella gran parte del mundo católico.

    A estas alturas, pedir perdón es el piso mínimo de contrición que se le puede exigir a una institución que dice ser la portadora de la verdad universal y de la condición humana, cuando el daño que se ha causado no sólo atenta contra las víctimas de los abusos, sino contra los propios dogmas de la entidad religiosa.

    De ahí que centrar el debate en torno a la necesidad de mantener o eliminar el celibato no tiene relevancia alguna respecto a lo medular del proceso que está en juego: hacer de la Iglesia Católica una institución transparente, alejada del sectarismo y el secretismo medieval con que se desenvuelve en pleno siglo XXI.

    Carlos Cuadrado S.
    Periodista y Magíster en Ciencias Políticas. Es Director Ejecutivo del Grupo Vértice (agrupación de jóvenes profesionales). Fue vicepresidente nacional de la Juventud UDI entre 2001 y 2003. Actualmente es independiente y realiza asesorías de marketing político. Además, se ha desempeñado como académico de periodismo político en varias casas de estudio superior.

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